Hace algún tiempo llegó hasta mí una imagen que, inevitablemente, llamó mi atención. En ella aparecían dos figuras de aspecto extraño: torso humano, largos cuerpos serpentinos entrelazados y, en sus manos, una escuadra y un compás. Al fondo podían distinguirse el Sol, la Luna y diversas constelaciones.
Para cualquiera familiarizado con la simbología masónica, la reacción inicial resulta casi inevitable. ¿Cómo es posible encontrar estos dos instrumentos reunidos en una representación procedente de la antigua China?
Las figuras son Fuxi y Nüwa, dos personajes fundamentales de la mitología y la tradición cultural china. No resulta fácil establecer dónde termina, en ellos, el relato mítico y dónde comienza el recuerdo de antiguos personajes civilizadores. Tampoco es necesario resolverlo para comprender el valor de su simbolismo.
Fuxi, observador y civilizador
Fuxi, cuyo nombre también puede escribirse Fu Xi o, en la transcripción antigua, Fu Hsi, es considerado uno de los Tres Augustos de la antigua China. Estos soberanos legendarios no pertenecen propiamente a la historia documentada, sino a ese tiempo primordial en el que los mitos sitúan el nacimiento de la civilización.
La tradición atribuye a Fuxi enseñanzas muy diversas. Habría mostrado a los hombres cómo pescar mediante redes, cazar, domesticar animales y cocinar los alimentos. También se le relaciona con el origen de la música, el matrimonio, algunos ritos y las primeras formas de organización social.
Sin embargo, su aportación más importante sería el descubrimiento de los ocho trigramas o bagua, que constituyen la base simbólica del I Ching, el Libro de las Mutaciones.
Cuenta la leyenda que Fuxi vio emerger de las aguas del río Amarillo un ser extraordinario, descrito habitualmente como un caballo-dragón. Sobre su lomo aparecían unas marcas especiales. Fuxi las observó y comprendió que contenían una representación del orden de la naturaleza.
De aquella contemplación habrían surgido los trigramas formados mediante líneas continuas y discontinuas. Las primeras se relacionan con el principio yang; las segundas, con el principio yin. Sus diferentes combinaciones expresan los estados y transformaciones del universo.
Este aspecto del mito me parece particularmente interesante. Fuxi no impone al mundo una ley inventada por él. Primero observa; después comprende y, finalmente, representa lo que ha descubierto. La naturaleza ya contenía ese orden. Su trabajo consistió en aprender a leerlo.
Puede verse en ello una antigua formulación de una idea conocida por todas las tradiciones iniciáticas: el mundo visible es también un libro, pero solo puede leerlo quien ha aprendido a contemplar.
Nüwa, creadora y restauradora
Nüwa es una de las grandes figuras femeninas de la mitología china. Se la considera creadora de la humanidad y responsable de la restauración del mundo después de una gran catástrofe.
Uno de los relatos cuenta que modeló a los primeros seres humanos utilizando barro amarillo y que después les dio vida. En otras versiones se le atribuye la institución del matrimonio o la unión entre los sexos, haciendo posible la continuidad de la especie humana.
Hay otro episodio especialmente significativo. Durante una lucha entre fuerzas o divinidades primordiales, uno de los pilares que sostenían el firmamento quedó destruido. El cielo se abrió, la tierra se resquebrajó, las aguas se desbordaron y el orden del mundo estuvo a punto de desaparecer.
Nüwa fundió entonces piedras de cinco colores y las utilizó para reparar la bóveda celeste. Después recompuso los soportes del mundo, contuvo las aguas y restableció la armonía.
Por eso no debe contemplarse únicamente como una divinidad maternal. Nüwa posee también una dimensión reconstructora. Crea, pero además repara lo que ha sido destruido. Su figura nos recuerda que toda obra está expuesta a la ruptura y que, en determinados momentos, nuestra tarea no consiste en comenzar de nuevo, sino en recoger los fragmentos y devolverles unidad.
Dos seres entrelazados
Fuxi y Nüwa fueron considerados, dependiendo de las fuentes y de las épocas, hermanos, esposos o las dos cosas. Algunas narraciones afirman que sobrevivieron a un gran diluvio y que, tras recibir una señal favorable del cielo, se unieron para repoblar la tierra.
No parece adecuado leer estos relatos únicamente desde nuestra mentalidad contemporánea. El mito no pretende describir una relación familiar común, sino explicar el encuentro entre dos fuerzas primordiales de cuya unión depende la continuidad del mundo.
En las representaciones más conocidas, ambos tienen cabeza y torso humanos, mientras que la parte inferior de sus cuerpos adopta forma de serpiente o dragón. Sus colas aparecen entrelazadas. Alrededor de ellos encontramos estrellas y, con frecuencia, representaciones del Sol y de la Luna.
La imagen expresa la relación entre dos principios distintos, pero inseparables. Fuxi suele asociarse con el yang y Nüwa con el yin. No obstante, yin y yang no deben entenderse como dos fuerzas enemigas ni como una división absoluta entre masculino y femenino. Cada principio contiene algo del otro y ambos se necesitan para que la creación pueda mantenerse.
Sus cuerpos no se confunden, pero se enlazan. Conservan su identidad y, al mismo tiempo, forman una unidad.
La escuadra y el compás
El elemento que más poderosamente atrae nuestra atención es el que portan en sus manos. En buena parte de esta iconografía, Fuxi sostiene una escuadra y Nüwa un compás.
En la antigua cosmología china existía la idea de un cielo redondo y una tierra cuadrada. El compás servía para trazar el círculo celeste, mientras que la escuadra permitía establecer los ángulos y las líneas del mundo terrestre.
La escuadra se relaciona así con la estabilidad, la medida y la correcta disposición de las cosas. El compás, por su parte, remite al cielo, al movimiento de los astros, a los ciclos y a una totalidad organizada alrededor de un centro.
Cuando aparecen juntos, ambos instrumentos expresan algo más que una operación geométrica. Hablan de la posibilidad de ordenar el espacio, establecer proporciones y transformar el caos en un mundo habitable.
La unión de sus nombres chinos, gui y ju —compás y escuadra— llegó además a utilizarse para expresar la existencia de normas, reglas o principios de conducta. Tener escuadra y compás era disponer de los medios necesarios para obrar con orden.
En este sentido, Fuxi y Nüwa podrían ser contemplados como ordenadores o arquitectos del cosmos. No porque construyan un edificio material, sino porque establecen las condiciones que permiten que cielo, tierra y humanidad ocupen el lugar que les corresponde.
La inevitable comparación con la masonería
Resulta imposible observar esta imagen sin pensar en la masonería. La escuadra y el compás constituyen dos de nuestros símbolos más reconocibles y ocupan un lugar central en nuestros trabajos.
Sin embargo, conviene evitar conclusiones precipitadas. No disponemos de pruebas que demuestren una transmisión histórica directa entre las antiguas representaciones chinas de Fuxi y Nüwa y la masonería especulativa occidental. Tampoco sería riguroso presentar a estas figuras como una especie de masones de la Antigüedad.
Las imágenes de Fuxi y Nüwa pertenecen a la cultura china y deben comprenderse, en primer lugar, dentro de su propio contexto.
Ahora bien, la falta de una relación histórica demostrada no disminuye el interés de la correspondencia. Al contrario, puede hacerla todavía más significativa. Nos encontramos ante culturas muy alejadas entre sí que utilizaron las mismas herramientas para expresar ideas relacionadas con la medida, el orden, la proporción y la construcción.
Quizá no estemos ante una transmisión, sino ante algo más profundo: la capacidad de ciertos símbolos para aparecer de manera independiente porque nacen de experiencias humanas universales.
Una escuadra sirve para comprobar la rectitud. Un compás permite establecer un centro, fijar una distancia y trazar una circunferencia. Su función material contiene ya, casi de manera natural, una posible lectura moral y espiritual.
No cuesta comprender que la escuadra pueda llegar a representar una conducta recta. Tampoco que el compás nos hable del límite, del dominio sobre nosotros mismos y de la necesidad de construir nuestra vida alrededor de un centro.
El círculo y el cuadrado
La relación entre círculo y cuadrado aparece en numerosas tradiciones.
El círculo no presenta un comienzo ni un final visibles. Evoca el cielo, la totalidad, el movimiento continuo y aquello que permanece unido a su centro.
El cuadrado delimita un espacio estable. Sus cuatro lados pueden relacionarse con los puntos cardinales, las estaciones, los elementos y, en general, con la organización del mundo manifestado.
El ser humano vive entre ambos. Pertenece a la tierra, pero puede dirigir su mirada hacia el cielo. Está sujeto a límites materiales y temporales, aunque guarda dentro de sí la aspiración hacia algo que los trasciende.
Tal vez una parte esencial del trabajo iniciático consista precisamente en armonizar estas dos dimensiones. No se trata de abandonar la tierra en busca del cielo ni de negar toda realidad superior para atender únicamente lo material. La obra exige que ambos mundos encuentren su correspondencia.
Fuxi y Nüwa parecen representar ese encuentro. La escuadra distingue el cuadrado; el compás traza el círculo; sus cuerpos entrelazados vuelven a unir lo que los instrumentos han diferenciado.
Una posible lectura iniciática
Aunque este mito no pertenezca a la tradición masónica, podemos acercarnos a él desde una sensibilidad iniciática.
Nüwa forma al ser humano a partir del barro. Esa materia todavía sin trabajar recuerda inevitablemente a aquello que necesita ser modelado y perfeccionado. El barro contiene posibilidades, pero necesita recibir una forma.
Fuxi contempla la naturaleza hasta descubrir la ley que se oculta detrás de sus cambios. Nos enseña que el conocimiento verdadero no procede solamente de acumular información, sino de observar, relacionar y comprender.
Después aparece la catástrofe. El cielo se rompe y Nüwa debe reconstruirlo. También el ser humano conoce momentos en los que su cielo interior parece quebrarse. La obra personal no avanza siempre de manera limpia y ascendente. A veces es necesario detenerse, reunir lo disperso y reparar aquello que parecía definitivamente perdido.
Las piedras de cinco colores con las que Nüwa restaura el firmamento pueden sugerir la diversidad de elementos que debemos integrar: nuestras facultades, experiencias, virtudes, errores y aprendizajes. No construimos únicamente con materiales perfectos. Construimos también con aquello que hemos logrado rescatar y transformar.
Fuxi descubre el orden; Nüwa lo restablece. Uno contempla y comprende; la otra crea y repara. Ambos trabajos son necesarios.
Reflexión final
La imagen de Fuxi y Nüwa nos sitúa ante una cuestión que va más allá de cualquier semejanza superficial con los emblemas masónicos.
Nos habla de un universo que puede ser contemplado como una construcción ordenada; de la necesidad de conocer sus leyes; de la unión de fuerzas complementarias y de la obligación de reparar el mundo cuando su equilibrio ha sido quebrado.
La escuadra, por sí sola, puede convertirse en rigidez. El compás, sin una base firme, puede trazar círculos que no llegan a concretarse en ninguna obra. Ambos instrumentos necesitan actuar conjuntamente.
También nosotros estamos llamados a unir lo que aparece separado: pensamiento y acción, conocimiento y voluntad, firmeza y sensibilidad, cielo y tierra.
Fuxi y Nüwa permanecen entrelazados bajo el Sol, la Luna y las estrellas. Entre sus manos se encuentran los instrumentos de la medida. Su antigua imagen parece decirnos que la creación no concluyó en un pasado remoto. Cada ser humano recibe una parte de esa tarea.
Debemos descubrir la ley, trabajar la materia, corregir lo que se desvía y reparar lo que ha sido quebrado.
Entre la escuadra y el compás se encuentra el espacio de nuestra obra.
F.M.G.

